Vivimos proyectando, programando, soñando futuros. Hay quienes dicen que es la manera de vivir, de mantenerse activos, de apostar siempre por algo más. Otros dicen todo lo contrario, que no importa el futuro, que es totalmente incierto, que lo único que merece la pena es disfrutar el presente, el momento, exprimir al máximo el placer de estar a conciencia en el hoy.  La verdad, seguramente está a mitad de camino.

Hace un tiempo escuche a un rabino ortodoxo decir que nos preocupamos y nos angustiamos tanto por un futuro que ni siquiera sabemos si vamos a llegar a vivir, en el camino nos desilusionamos, nos peleamos, discutimos por cosas que quizás no tienen el más mínimo sentido.

Crecí escuchando a mi abuela decir que todo tiempo pasado fue mejor. Ella recordaba la casa de su infancia, allá en Europa de donde tuvo que escaparse porque no pareciera que todo era mejor, sin embargo vivió en un pasado perpetuo, añorando, idealizando; nunca aprendió del todo bien el castellano, leía los diarios en idish y jamás fue al cine en Buenos Aires.

Del otro lado mi mama pensaba siempre en el futuro: cuando crezcas, cuando te recibas, cuando pase tal o cual cosa cuando seas madre, recién en ese momento iba a entender, según ella todo, mientras tanto, había que prepararse para el futuro. El presente era apenas un tránsito hacia otra cosa.

 Entonces ¿cuál es la clave para vivir?? Instalarse en un pasado, vivir de la nostalgia, de los recuerdos, de los momentos que quedaron allá lejos y hace tiempo? O ¿esperar a un futuro mejor, donde de pronto mágicamente se nos revelen las verdades y aparezca el instante feliz?

Hoy en un café con amigo, después de caminar en una mañana fría creo haber entendido la respuesta. Rodri cuenta una historia de su infancia, claramente un pasado. Cuando era chico robaba naranjas, dulces, y cuanta cosa rica había en la cocina de su abuela. Para que no lo descubran tiraba los restos y las semillas en un terreno vecino, por encima de la tapia y sin que nadie lo viera se deshacía de la prueba del delito. Esa inocencia de niño de pensar que lo que uno hace no trae consecuencias.

El fin de semana pasado, muuuuuuuchos años después, se asoma a ese campo vecino, está limpio y para su sorpresa un naranjo en flor le dice: acá estoy, existo gracias vos, soy el producto de los restos que dejaste en tu niñez.

Entendí todo, no se trata ni de vivir en el pasado, ni de vivir para el futuro. Se trata de vivir en el presente, en este instante que inevitablemente deja marca y huella. El pasado y el futuro convergen en este instante en que vivo, si lo vivo intensamente, si soy consciente de esto que estoy viviendo.

No se trata de esperar el mañana, ni de quedar anclado en el pasado. No se si hay un futuro, nadie, absolutamente nadie lo sabe por eso lo único que nos queda es vivir el hoy.

Intento disfrutar cada oportunidad que se me presente, no perderme ningún café con amigos, no desaprovechar ningún momento con mis amores, viajar y conocer todo lo que se me presenta, disfrutar tanto el sol como la lluvia porque los dos me muestran que estoy vivo.

No estoy dispuesta a pasar por esta vida sin dejar huella, pero la huella es precisamente eso Vivir cada minuto como si no hubiera un futuro. El presente es mi futuro.