La semana pasada fue el día del amigo: 20 de Julio, el día que Armstrong piso la luna, el día que el hombre conoció otra dimensión.

Entre tantos mensajes en honor a la amistad, leí la historia de Armstrong. Su vida no fue la misma después de ese día, pero contrario a lo que podamos pensar, no lo disfruto. Tuvo que renunciar a su pasión que era programar misiones, trabajar en grupo, investigar sobre naves espaciales para convertirse en el emblema del gran logro estadounidense y retratarse con cuanta personalidad visitase el país y quisiera conocerlo. Finalmente se retiró de la vida pública, se aisló en una granja y dio clases en la universidad, local. No disfruto su gran logro.

Me interesó especialmente su visión del planeta  Tierra. Según el, era una gran nave espacial cuyos tripulantes vivían afuera en lugar de refugiarse al interior. Éramos tan extraterrestres como los marcianos que nos imaginamos de niños o que veíamos en los Supersonicos.

¿Y que tiene que ver esta historia con el día del amigo?, No lo sé, tampoco sé porque se instauro esta fecha como día para celebrarlo, lo que sé , es lo que me provoco la historia de Armstrong: la necesidad de no idealizar aquello a lo que aspiramos.

Quiero tratar de explicarme. Vivimos proyectando, esperando que pasen determinadas cosas que estamos convencidos que nos van a llevar en línea directa a la felicidad: ese logro, esa celebración, ese viaje, esa mudanza, ese estreno.

 Nada de esto es TAN importante, lo único que vale es el proceso, el disfrutar cada instante del proceso, en no esperar el momento en que crezca, en que entienda, en que pase, porque es como un conejo persiguiendo la zanahoria. No podemos vivir esperando que la vida empiece.

Empecemos a vivir, desde el minuto 0, con todo lo que eso implica, con toda la montaña rusa de circunstancias que eso conlleva.

El fin de semana viaje con dos amigas de toda la vida a Colonia. Hubiera sido igual haber viajado a una quinta, al mar o quedarnos charlando en casa. El lugar fue la excusa, para reencontrarnos con las que fuimos hace mas de cuarenta años, muchos más y la gran sorpresa, y la enorme recompensa fue darnos cuenta de que seguíamos siendo esas nenas, con miradas mas adultas, con experiencia de vida, pero riéndonos de las mismas cosas, divirtiéndonos con las mismas canciones y emocionándonos por el solo hecho de haber vivido tanta historia juntas.

No llegamos a la luna, no ganamos el premio nobel, no nos reconocen por la calle, pero nos miramos y nos reconocemos nosotras en nuestros ojos y nuestras sonrisas… seguimos siendo las mismas, y eso, eso si merece un brindis!!!